El abandono como forma de gobierno: Valparaíso, Chile y la rentabilidad de la desidia.

Hugo Sir

F

rente a todo lo dicho, comentado y divulgado sobre el incendio en Valparaíso, en los cerros detrás de la Avenida Alemania, quisiera proponer una perspectiva más, que no es fácil localizar en los medios masivos de comunicación. Por el contrario, tanto las posturas oficiales, como las críticas parecen compartir una doxa, es decir, un acuerdo aunque sea mínimo, sobre aquello que es el problema, y por tanto, ciertas vías lógicas de enfrentarlo. Esta doxa, este sentido común tácito, parece decir que lo importante en el caso del incendio en Valparaíso es la falta de gobierno, el abandono como ausencia de relación, y un déficit de desarrollo. Las críticas así reclaman más Estado, basados en la idea de que la simple voluntad política nos separa de estar condenados a repetir las catástrofes o, por el contrario, prevenirlas eficientemente.

Nuestra perspectiva del problema es algo diferente, no buscaremos tampoco responsables directos, ni causas específicas, puesto que sería irresponsable sin una investigación de envergadura. Lo que perseguimos acá es tensionar el sentido común que deja toda la explicación del lado de la falta de Estado y de voluntad política, incapaces de abordar la desigualdad.

Si bien es evidente que hay un problema de desigualdad (aunque habría que empezar a decir injusticia) aquello no constituye la explicación de la desigualdad, y menos de lo ocurrido en Valparaíso. Podrían destinarse periódicos (virtuales) enteros a columnas a favor de la tesis de que los cerros incendiados eran prácticamente favelas, o por otro lado, que eran casas con los títulos de dominio en perfecto estado jurídico, etc., pero no se sacaría nada en limpio. Ambos, por uno u otro camino, caen en la tesis del abandono, como carencia de relación, entre un grupo de personas y el Estado. Ambas posturas (y muchas otras), llegan a plantear que aquello es producto de una falta de voluntad política, como si simplemente los gobernantes no hubieran querido hacerse cargo, o hubieran estado distraídos (por las razones que fueren), pero que en cuanto se enteraran de su error, podrían enmendarlo; y así, sin tocar casi nada de lo que se ha venido haciendo, evitar que ocurran nuevos valparaísos, sólo teniendo la voluntad de no abandonar a la gente, la voluntad de disminuir la desigualdad.

En esa línea, uno pudo leer muchos comentarios en “redes sociales”, y columnas en “medios digitales”, que manifestaban una cierta indignación o sorpresa, por cómo era posible el abandono en que habían construidos sus hogares, los habitantes de los cerros siniestrados. E incluso cuando se juzgaba duramente a la periodista a la que respondieron que “los pobres no elegían dónde vivir”, se reconducía la problemática a la falta de presencia del Estado, que permitía que se instalaran allí en esas condiciones, y que si no hubiesen sido pobres esto no hubiera pasado (a lo que otros respondían, que incluso si las casas hubieran sido de las más acomodadas de Santiago, se hubieran quemado igual por factores ambientales, por ende lo que faltaba era regulación medioambiental).

Frente a esta doxa, aún cuando mucho tenga sentido, habría que decir por lo menos que:

1) La desigualdad no es un problema de “voluntad”. No es que los políticos no hayan querido, o que estén lejos, o que sean corruptos, etc. O si bien, esto puede ser así, aquello no explica nada, sino que más bien es lo que hay que explicar. No explica nada porque ningún gobierno puede declararse a favor de ese tipo de “desigualdad”. Es otra trampa del humanitarismo. Quita el carácter político de la discusión.

2) En ese sentido, la sorpresa frente a la situación del puerto, es cómplice. Es cómplice, en la medida, en que plantea no entender cómo los políticos pudieron dejar que esto sucediera. Incluso cuando se asocia la desidia de los gobernantes a una ideología del mínimo Estado, aunque parezca evidente y razonable, no saldríamos de unas opiniones cómplices, en tanto no cuestionan el sentido común, ni el “sentido común politólogo”. Habría que pensar que no es la simple voluntad, ni la maldad, ni aún la ideología en sí misma (como si no fuera más que una aplicación de unas determinadas concepciones). Lo que sería interesante exponer, sacar a la luz, es la rentabilidad del abandono. La conveniencia de la desidia. Siempre cuidándose de no achacar a los políticos de uno u otro sector la responsabilidad completa, como si fuera un plan orquestado, en donde es posible y fácil reconocer exactamente quién es el culpable. La cosa es mucho más complicada que eso. Se refiere a racionalidades de gobiernos, a formas de gobierno contemporáneas.

3) Entonces, la relación de abandono no es una carencia de relación, sino una forma de relación particular. Una manera de gobernar. No es la ausencia del Estado, es la manera en que el Estado se relaciona con ciertos grupos de personas ¿Son estos necesariamente pobres? En general, sí, pero no necesariamente. También hay otros grupos “marginados”, o incluidos mediante su exclusión, como los trabajadores precarios (una gama inmensa de personas, casi tan heterogénea como la “clase media”), que no necesariamente contabilizan como pobres, pero que está (estamos) a total merced de las condiciones del mercado, desprotegidos, claro que sí, pero no porque sí, no por falta de protección del estado, sino por su rentabilidad económica. O los migrantes (muchas veces también pobres y trabajadores precarios) que tienen rentabilidades económicas particulares, en tanto se acompañan de una conveniencia simbólica, en la medida que los “buenos”, los “exitosos”, serán siempre quienes atestigüen, hagan suyo, incorporen, los “valores” del neoliberalismo chileno. O también las mujeres, pero no por falta de integración, sino porque esta es conveniente, porque su doble o triple jornada, le es rentable al mercado, pero también al estado neoliberal, dado que su presencia daría cuenta de una mayor equidad, a pesar de las condiciones y condicionantes excesivas a las que se enfrentan. Y aún, los ministerios y planes que existan para “la mujer”, no hace sino explotar esa relación, en la medida que no se modifica ni se ataca las relaciones de género en sí, es decir, el concebirnos desde el binomio jerarquizado hombre-mujer. Y así también con los viejos cuyas pensiones cada vez más miserables, los hacen también objetos de los créditos más usureros vías “cajas de compensación”. Y el Estado ahí está presente, pues las cajas de compensación descuentan sus cuotas directamente de las pensiones, sean estas de AFP o estatales.

4)El punto es este: No es por falta de gobierno, o de “desarrollo”, que se quema Valparaíso, sino porque ese es el gobierno y el desarrollo existentes. Porque “valpo” no es excepción, sino muestra dramática de una condición común. En términos de filosofía y sociología política contemporáneas, el Estado (neo)liberal que presenciamos, gobierna de la mano de las estrategias de mercado. Constituye así, una racionalidad gubernamental que por un lado propone una gestión y regulación de la vida cada vez más individualizada (como individualista se volvió nuestra seguridad social, nuestra educación, nuestra salud, etc.), toda una biopolítica, que se expresa en programas como “elige vivir sano”, o simplemente, en la forma en que cotidianamente, a través de los medios de comunicación, y los distintos espacios en que nos desenvolvemos, se ponen unas formas de vidas por sobre otras; Y por otro lado, una tanatopolítica que relega a otros grupos de individuos, a otras formas de vidas, a otros cuerpos, a la muerte. Por esa razón, no todas las vidas importan lo mismo. Por esa razón, los incendios del año pasado no tuvieron ninguna consecuencia que permitiera evitar o controlar este. No se trata, en esta forma de la tanatopolítica, de fabricar la muerte en masa, sino que de permitirla por no ser relevante, porque si la industria turística necesitara más trabajadores, nunca van a faltar, por poner un ejemplo. Por la misma forma superflua en que se juzgan ciertas formas de vida, se pudo dejar morir a los reos de la cárcel de San Miguel. Ahora bien, cuando estas formas de vida relegadas intentan resistir, la máquina de guerra del Estado puede mostrar todo su poderío, sino basta darse una vuelta al sur del Bío-Bío.

Es esta la racionalidad que está profundamente arraigada. No es un problema de pura voluntad de los políticos, porque hace tiempo que en las decisiones que conocemos como “políticas”, no se ubica toda la capacidad de ejercer el poder y la dominación. En último término, entonces, no es un problema de desigualdad, sino de acumulación, el que permite la catástrofe. Es esa la rentabilidad de una relación que parece ausencia de relación. Una inclusión por exclusión. Entonces, no falta voluntad, sino lucha política. No falta Estado, sino otro modo de gobernarnos a nosotros mismos.

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Columna escrita de Hugo Sir, integrante de la linea cuerpo, salud y política

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